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La sucesión de Fibonacci es una secuencia de números descrita en Europa por el matemático italiano Leonardo de Pisa (apodado Fibonacci) en 1202 en su Liber Abbaci. A partir de una observación sobre la reproducción de los conejos, Fibonacci desarrolló la serie infinita que llevaría su nombre: 1,1,2,3,5,8,13,21,34,55,89,144… en la que cada número es la suma de los dos anteriores (1+1=2, 1+2=3, 2+3=5, 5+3=8...)
Siglos después, otro matemático, Johannes Kepler, en el año 1608 se dio cuenta de que al dividir un número de Fibonacci por su anterior, el resultado se aproximaba, a medida que los números eran mayores, al número áureo (aprox. 1.618), una proporción geométrica ya conocida en la antigüedad clásica, que fué aplicada por Fidias (480–430 a.C.), el famoso escultor y arquitecto griego, en el diseño del Partenón de Atenas. Esta proporción aurea, considerada un canon de belleza y armonía, también la encontramos en otras innumerables obras artísticas, como la Piramide de Gizé, la Catedral de Notre Dame o la Última cena de Salvador Dalí.
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Sin embargo, miles millones de años antes que estos matemáticos, la naturaleza ya había aprendido a usar la secuencia de Fibonacci y el número áureo. La razón no es mágica sino evolutiva. En el caso de las plantas las que distribuyen sus elementos según esta proporción consiguen el máximo aprovechamiento del espacio y la luz, con el mínimo solapamiento entre hojas, semillas o pétalos, por ejemplo:
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Girasol: las semillas se organizan en dos series de espirales, una hacia la derecha y otra hacia la izquierda, cuyos números son siempre dos términos consecutivos de Fibonacci: 34 y 55, o 55 y 89
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Piñas de pino: igual que el girasol, sus escamas forman 8 espirales en un sentido y 13 en el otro
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Pétalos de flores: las margaritas tienen 13, 21 o 34 pétalos; nunca 14 o 22
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Cardo borriquero: los capítulos florales muestran espirales de brácteas organizadas en series de Fibonacci, exactamente igual que en la alcachofa.