Las hojas de la Bituminaria bituminosa, que desprenden un fuerte olor, son trifoliadas, como las de la imagen, de ahí proviene la primera parte de su nombre común (trébol).

Además de servir de forraje a ovejas y cabras, es también una planta melífera excelente, muy visitada por abejas y abejorros como polinizadores; pero, aparte de lo anterior, esta planta tiene un importante valor ecológico.

Se trata de una leguminosa mediterránea muy común, que crece en márgenes de caminos, ribazos, campos abandonados y terrenos removidos. Las leguminosas son una familia de plantas enorme, con unas 19.400 especies: van desde árboles como el algarrobo o las acacias, hasta herbáceas como las habas, los cacahuetes o el trebol. Las raíces de las leguminosas forman nódulos con bacterias del tipo Rhizobium que enriquecen el suelo, mejorando su fertilidad de forma natural.

Por ello, además de por su resistencia a la sequía y su adaptación a suelos empobrecidos, la  Bituminaria bituminosa actúa como estabilizadora del suelo y freno contra la erosión, siendo utilizada en programas de restauración de terrenos degradados en todo el Mediterráneo, siendo una planta fitorremediadora para recuperar terrenos contaminados. Esta característica la convierte en una herramienta valiosa para la restauración ecológica de zonas industriales o agrícolas degradadas, pues es capaz de crecer incluso en suelos contaminados por metales pesados.

Pero, por si fuera poco, tiene importantes usos en medicina, tanto popular como científica: se usa para tratar psoriasis y vitíligo mediante fototerapia; tiene propiedades antibacterianas, antifúngicas;  se están estudiando sus propiedades potencialmente anticancerígenas; en medicina popular se ha usado para cicatrizar heridas y aliviar digestiones pesadas; e incluso se está investigando para trasplantes de médula ósea.

Foto: Roberto Poveda